lunes, 27 de abril de 2015

Tu lápiz de madera ¿se convirtió en violín?. Hablando de orientadores.

Detrás de cada violín, de cada primer violín de la orquesta, suele haber una persona que orienta para que esas notas salgan con una tonalidad y un brillo que consigan que asomen lágrimas de emoción en los ojos del público que asiste, conmovido, al concierto.

De tus manos, con tus pequeños dedos, fuiste arrancando tus primeras notas de ese lápiz de madera que alguien puso en el camino. 

Esa madera con la que empezaste tus primeras notas ¿se ha convertido en un violín con el paso de tus años?

¿Vibran tus cuerdas con tus giros de muñeca? ¿Qué queda de esas notas, de esas caligrafías que hacías, con esa madera que empezaba a pulir tu vida?

Te invitamos a que cuentes si tu lápiz de madera se convirtió en un violín.
Esta ha sido la propuesta que hemos iniciado para el Día del Libro y que te traemos, ahora, porque los libros son los que van haciendo que esas maderas se conviertan en violines y nos acompañan en 365 días... año tras año.

Aquí, podrás leer todas las propuestas que ya hay recogidas pero te dejamos con un comienzo  de @JLBracamonte

Un humilde lapicero

Imagen enlazada al blog original
De entre todos los útiles de escritura, a mi me tocó ser un lapicero, lo que viene a ser como nacer mulo en el mundo de los equinos, hilota en Esparta, o paria en la India. De haber podido elegir, me hubiese gustado ser el lápiz de un ingeniero, o de un arquitecto, siempre bien tratados, con las puntas afiladas como estiletes y con corazón de grafito de primera calidad y buena madera de cedro libanés, siempre cuidadosamente tratados bien residieran en la penumbra de un despacho o en la luz de artificio de un estudio de arquitectura, porque dentro del mundo de los lápices, existen sus categorías. 

Los hay que van vestidos con una hermosa camisa estampada, otros van de rayas amarillas y negras y llevan su marca estampada. Incluso, se los clasifica con un número según la dureza de su mina de grafito. Pero esto sólo ocurre con los lápices de alcurnia. 
Podía haberme caído en suerte ser el lápiz de un dibujante, para salir al campo en primavera y que mi trazo permaneciera en el bloc de dibujo muchos años después de mi desaparición. O lápiz de carpintero, como mis primos. Son robustos, inacabables y apenas dan un palo al agua: una marca por aquí, una señal por allá, menuda vida. Es cierto que tienen cierta tendencia a perderse pero son lapiceros que salen al exterior y están acostumbrados a ver mundo. Viajan a lomos de la oreja de su dueño y son fuertes, pero a la vez elegantes con su librea de color rojo...